Un niño salió un día al bosque de la vida. El aire de primavera mecía un mar de frescas flores; el niño descubrió entre las flores una muy especial. Jugó con ella, se rieron juntos, y el tiempo pasó. El niño y su flor eran inseparables pero cuando más esperanzado estaba el niño, un frio aire invernal arrastró la flor lejos, muy lejos, y el niño quedó solo en medio del bosque oscuro.
Cuando el niño cae herido, nace el lobo que lo protege; él lo llevó a la fortaleza y salió de caza; el lobo no tenía piedad de las ciervas, pero una noche. . . luego de mucho tiempo, fue al claro del bosque y allí algo insólito ocurrió.
Iba camino del abrevadero del cristalino arroyuelo, más cuando estaba en medio del claro sus pelos se erizaron. Algo estaba ocurriendo en aquel apacible lugar. El fresco aire nocturno le trajo el olor de unas cuantas coquetas ciervas ocultas en la alta hierva, pero eso no desvió la atención del lobo que estaba como hipnotizado.
Una diosa rodeada de una luz plateada caminaba por el prado. El lobo se acerco poco a poco, su ancestral instinto le hacia ser receloso pero no podía evitar sentirse cautivado por aquella bella criatura.
Cuando su hocico casi rosa el vestido plateado de la diosa ésta levantó su grácil mano y se la pasó por la cabeza. El lobo sintió un estremecimiento pero ya no pudo resistirse, no quería resistirse.
Desde ese momento todas las noches el lobo dejaba de cazar para ir al claro del bosque al lado de la diosa. Cuando la diosa partió al cielo en una clara noche de verano el lobo siguió hiendo al claro, se sentaba sobre sus cuartos traseros, alzaba su testa y entonaba su lúgubre canción de amor y desesperanza a su lejana diosa.
Esa misma noche, pero en una paradisiaca playa tropical un hombre caminaba sobre la cálida arena a orillas del mar. El hombre se detuvo, se sentó. La espuma de las olas que besaban la playa llegó hasta sus descalzos pies.
La brisa nocturna le trajo el bullicio de una fiesta en un chalet cercano donde se destacaba las finas voces y risas de varias jóvenes mujeres. Por un segundo tuvo la tentación de volver a la fiesta, a la orgía de sudor y risa, de ron y sexo, pero se quedó sobre la arena, sentado mirando el camino de plata y espuma que tejía la luna sobre el mar y por el que esperaba que algún día volviera su Diosa.
Y mientras él espera en su playa yo sigo aquí en esta otra orilla del ciber espacio esperando por el triste regreso de los delfines azules con los que mandé a buscarte o porque ilumines mi camino hasta ti.